EL CEMENTERIO DE PRAGA UMBERTO ECO PDF

The complexity of the writing and the layers of plot turned many readers away, but I found it so refreshing to have a writer that demanded more from his readers and more importantly had faith in his readership. This brings me to The Prague Cemetery. Typical of an Eco book it took me a little while to settle in and fine tune my thoughts to pay proper attention and to relax so that Eco could take me where he wanted me to go. This man is Simone Simonini. He is a murderer, double agent, triple agent, but more importantly he is the man that can provide the documentation that proves that one side of a conflict is justified in their quest for power. In other words he is a master forger.

Author:Moogusar Juk
Country:Vietnam
Language:English (Spanish)
Genre:Finance
Published (Last):10 September 2004
Pages:448
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ISBN:351-2-23137-419-6
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El viandante que esa gris maana E l viandante que esa gris maana de marzo de hu- biera cruzado, a sabiendas de lo que haca, la place Maubert, o la Maub, como la llamaban los maleantes anta- o, en la Edad Media, centro de vida universitaria, cuando acoga la algaraba de estudiantes que frecuentaban la Fa- cultad de las Artes en el Vicus Stramineus o rue du Fouarre y, ms tarde, emplazamiento de la ejecucin capital de apstoles del librepensamiento como tienne Dolet , se ha- bra encontrado en uno de los pocos lugares de Pars exo- nerado de los derribos del barn Haussmann, entre una maraa de callejones apestosos, cortados en dos sectores por el curso del Bivre, que en esa zona todava emerga de las entraas de la metrpolis a las que fuera relegado desde haca tiempo, para arrojarse con estertores febriles y ver- minosos en el cercansimo Sena.

Si luego nuestro paseante hubiera embocado la que en el futuro sera la rue Sauton pero que en aquel entonces se- gua siendo rue dAmboise, hacia la mitad de esa calle, en- tre un burdel camuflado de brasserie y una taberna donde se serva, con psimo vino, un almuerzo de dos perras en aquella poca bastante barato, pero eso era lo que se po- dan permitir los estudiantes de la no lejana Sorbona , ha- bra encontrado un impasse o callejn sin salida, que ya por aquel entonces se llamaba impasse Maubert, pero antes de se llamaba cul-de-sac dAmboise y an antes cobija- ba un tapis-franc en el lenguaje del hampa, un garito, un fi- gn de nfimo rango, que sola ser regentado por un ex pre- sidiario y lo frecuentaban forzados recin salidos de gayola y, adems, era tristemente famoso porque en el siglo XVIII amparaba el laboratorio de tres clebres envenenadoras, a quienes un da hallaron asfixiadas por las exhalaciones de las sustancias mortales que destilaban en sus hornillos.

Junto a ese esca- parate, nuestro viandante habra visto una puerta, siempre cerrada, con un letrero, al lado del cordel de un timbre, que avisaba de que el propietario estaba temporalmente ausente. Que si luego, como suceda raramente, se hubiera abier- to la puerta, quien hubiera entrado habra visto a la incier- ta luz que iluminaba ese antro, dispuestos en unas pocas estanteras tambaleantes y sobre algunas mesas igual de inseguras, una congerie de objetos que a primera vista re- sultaban apetecibles, pero que tras una inspeccin ms cui- dadosa habran de revelarse completamente inadecuados para cualquier intercambio comercial, aunque se ofrecie- ran a precios tan mellados como ellos.

Un par de morillos que deshonraran cualquier chimenea, un reloj de pndulo de esmalte azul desconchado, cojines quiz antiguamente bordados con colores vivos, floreros sostenidos por agrieta- dos amorcillos de cermica, inestables costureros de un es- tilo impreciso, una cestita portatarjetas de hierro oxidado, indefinibles cajas pirografiadas, espantosos abanicos de ma- dreperla decorados con dibujos chinos, un collar que pare- ca de mbar, dos zapatitos de lana blanca con hebillas in- crustadas de diamantitos de Irlanda, un busto agrietado de Napolen, mariposas tras un cristal quebrado, frutas de mrmol policromado bajo una campana que una vez fue transparente, nueces de coco, viejos lbumes con modestas acuarelas de flores, algn daguerrotipo enmarcado que por aquel entonces ni siquiera tenan un aire antiguo.

Y si, por fin, el visitante, en virtud de algn salvocon- ducto, hubiera atravesado una segunda puerta que separa- ba el interior de la tienda de los pisos superiores del edificio, y hubiera subido los escalones de una de aquellas inseguras escaleras de caracol que caracterizan esas casas parisinas con la fachada tan ancha como la puerta de entrada esas que se apian oblicuas las unas contra las otras , habra pe- netrado en un amplio saln que pareca alojar no el bric-- brac de la planta baja sino una coleccin de objetos de muy distinta hechura: una mesilla estilo imperio con tres patas adornadas con cabezas de guila, una consola sostenida por una esfinge alada, un armario del siglo XVII, una estantera de caoba que ostentaba un centenar de libros bien encua- dernados en tafilete, un escritorio de esos que se dicen a la americana, con el cierre de persiana y muchos cajoncitos tipo secrtaire.

De vuelta al saln de entrada, el visitante habra visto, ante la nica ventana por la que penetraba la poca luz que iluminaba el callejn, sentado a la mesa, a un individuo an- ciano envuelto en un batn, el cual, por lo poco que el visi- tante pudiera atisbar por encima de su hombro, estaba es- cribiendo lo que nos disponemos a leer, y que a veces el Narrador resumir, para no tediar demasiado al Lector. Y que no se espere el Lector que le revele el Narrador que se sorprendera al reconocer en ese personaje a alguien ya mencionado porque habiendo empezado este relato en este mismo instante nadie ha sido mencionado antes.

El mismo Narrador no sabe todava quin es el misterioso es- cribano, y se propone saberlo a la una con el Lector mien- tras ambos curiosean, intrusos, y siguen los signos que la pluma est trazando en esos folios. Quin soy? Quiz resulte ms til interrogarme sobre mis pasio- nes, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida.

A quin amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. S que amo la buena cocina: slo con pronunciar el nombre de La Tour dArgent experimento una suerte de escalofro por todo el cuerpo. Es amor? A quin odio? A los judos, se me antojara contestar, pero el hecho de que est cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco o alemn me dice que no tengo nada contra esos malditos judos.

De los judos s lo que me ha enseado el abuelo: Son el pueblo ateo por excelencia me instrua. Parten del concepto de que el bien debe realizarse aqu, y no ms all de la tumba. Por lo cual, obran slo para la conquista de este mundo. El abuelo me describa esos ojos que te espan, tan falsos que te sobrecogen, esas sonrisas escurridizas, esos labios de hie- na levantados sobre los dientes, esas miradas pesadas, infectas, embrutecidas, esos pliegues entre nariz y labios siempre inquie- tos, excavados por el odio, esa nariz suya cual monstruoso pico de pjaro austral Y el ojo, ah, el ojo gira febril en la pupila color de pan tostado y revela enfermedades del hgado, putre- facto por las secreciones producidas por un odio de dieciocho si- glos, se pliega en mil pequeos surcos que se acentan con la edad, y ya a los veinte aos, al judo se lo ve arrugado como a un viejo.

Cuando sonre, los prpados hinchados se le entrecierran de tal manera que apenas dejan pasar una lnea imperceptible, seal de astucia, dicen algunos, de lujuria, precisaba el abuelo Y cuando yo estaba ya bastante crecido para entender, me recor- daba que el judo, adems de vanidoso como un espaol, igno- rante como un croata, vido como un levantino, ingrato como un malts, insolente como un gitano, sucio como un ingls, un- tuoso como un calmuco, imperioso como un prusiano y maldi- ciente como un astesano, es adltero por celo irrefrenable: de- pende de la circuncisin que lo vuelve ms erctil, con esa desproporcin monstruosa entre el enanismo de su complexin y la dimensin cavernosa de esa excrecencia semimutilada que tiene.

Yo, a los judos, los he soado todas las noches, durante aos y aos. A los alemanes los he conocido, e incluso he trabajado para ellos: el ms bajo nivel de humanidad concebible. Un alemn produce de media el doble de heces que un francs.

Hiperactividad de la funcin intestinal en menoscabo de la cerebral, que demuestra su inferioridad fisiolgica. En los tiempos de las invasiones brbaras, las hordas germanas sembraban su recorrido de irrazonables ama- sijos de materia fecal. Por otra parte, tambin en los siglos pasados, un viajero francs entenda al punto si ya haba cruzado la fronte- ra alsaciana por el tamao anormal de los excrementos abandona- dos en los bordes de las carreteras.

Como si eso no bastara, es tpi- ca del alemn la bromhidrosis, es decir, el olor nauseabundo del sudor, y est probado que la orina de un alemn contiene el veinte por ciento de zoe mientras la de las dems razas slo el quince. El alemn vive en un estado de perpetuo embarazo intestinal debido al exceso de cerveza y a esas salchichas de cerdo con las que se atiborra.

Una noche, durante mi nico viaje a Munich, en esa especie de catedrales desacralizadas llenas de humo como un puer- to ingls y apestosas de manteca y tocino, los pude ver incluso a pares, ella y l, sus manos agarradas a esas jarras de cerveza que, por s solas, saciaran la sed de un rebao de paquidermos, nariz con nariz en un bestial dilogo amoroso, como dos perros que se olisquean, con sus carcajadas fragorosas y desgarbadas, su turbia hilaridad gutural, translcidos por la grasa perenne que les pringa rostros y miembros, como el aceite en la piel de los atletas del cir- co antiguo.

Por no hablar de su msica: no me refiero a ese Wagner ruidoso y funerario que hoy pasma tambin a los franceses, sino de lo poco que he odo de las com- posiciones del tal Bach, totalmente desprovistas de armona, fras como una noche de invierno. Y las sinfonas de ese Beethoven: una bacanal de chabacanera. El abuso de cerveza los vuelve incapaces de tener la menor idea de su vulgaridad, pero lo superlativo de esa vulgaridad es que no se avergenzan de ser alemanes.

Se han tomado en serio a un joven glotn y lujurioso como Lutero puede casarse uno con una monja? Quin dijo que los teutones haban abusado de los dos grandes narcticos europeos, el alcohol y el cristianismo? Se consideran profundos porque su lengua es vaga, no tiene la claridad de la francesa, y no dice exactamente lo que debera, de suerte que ningn alemn sabe nunca qu quiere decir, y va y toma esa incertidumbre por profundidad.

Con los alemanes es como con las mujeres, nunca se llega al fondo. Desgraciadamente, esa lengua inexpresiva, con unos verbos que, al leer, tienes que buscar- los ansiosamente con los ojos, porque nunca estn donde deberan estar, pues bien, esa lengua mi abuelo me oblig a aprenderla de chico, y no hay por qu sorprenderse, con lo que le gustaban los austracos.

Y por eso, esa lengua, la he odiado, tanto como al je- suita que vena a ensermela a golpes de regla en los dedos. Yo no tengo prejuicios. Desde que me volv francs y ya lo era a medias por mi madre , entend has- ta qu punto mis compatriotas eran perezosos, estafadores, renco- rosos, celosos, orgullosos ms all de todo lmite, tanto que pien- san que el que no es francs es un salvaje, incapaz de aceptar reproches.

Claro que he entendido que para inducir a un francs a reconocer una tara de su raza basta con hablarle mal de otro pueblo, como si dijramos Nosotros los polacos tenemos este o aquel defecto y, como nunca quieren ser segundos de nadie, ni si- quiera en lo malo, reaccionan al instante con Oh, no, aqu en Francia somos peores y dale, dale a hablar mal de los franceses, hasta que se dan cuenta de que han cado en tu trampa.

No aman a sus semejantes, ni siquiera cuando les sale a cuen- ta. Nadie es tan maleducado como un tabernero francs; tiene to- das las trazas de odiar a sus clientes y quiz sea verdad y de de- sear no tenerlos y eso es falso, porque el francs es codicioso hasta la mdula. Ils grognent toujours. Vamos, t pregntales algo: sais pas, moi, y sacan los labios hacia fuera como si pedorrearan. Son malos. Matan por aburrimiento. Es el nico pueblo que ha mantenido ocupados a sus ciudadanos durante varios aos en eso de cortarse la cabeza unos a otros, y suerte que Napolen con- sigui canalizar su rabia hacia las otras razas, movilizndolos para destruir Europa.

El fran- cs no sabe bien qu quiere, lo nico que sabe a la perfeccin es que no quiere lo que tiene. Y para decirlo no sabe sino cantar canciones. Creen que todo el mundo habla francs. Ocurri hace algunas dcadas con ese Lucas, un hombre de genio: treinta mil docu- mentos autgrafos falsos, robando papel antiguo cortado de las guardas de libros viejos de la Bibliothque Nationale, imitando diferentes caligrafas, aunque no tan bien como sabra hacerlo yo Vendi no s cuntos a un precio altsimo a ese imbcil de Chasles gran matemtico, dicen, y miembro de la Academia de las Ciencias, pero un emrito badulaque.

Y no slo l sino muchos de sus colegas acadmicos tomaron por bueno que Cal- gula, Cleopatra o Julio Csar se escriban sus cartas en francs, y que en francs se carteaban Pascal, Newton y Galileo, cuando has- ta los nios saben que los sabios de aquellos siglos se escriban en latn. Los doctos franceses no tenan ni idea de que otros pueblos hablaban de forma muy distinta del francs. Y, adems, las cartas falsas decan que Pascal haba descubierto la gravitacin universal veinte aos antes que Newton, y esto bast para deslumbrar a esos sorboneros devorados por la fatuidad nacional.

Quiz la ignorancia es efecto de su avaricia, el vicio nacional que los franceses toman por virtud y llaman parsimonia. Slo en este pas se ha podido idear toda una comedia alrededor de un avaro. Por no hablar de pap Grandet. Injertad, como se hace con las plantas, un francs con un judo mejor an si es de origen alemn y tendris lo que tenemos, la Tercera Repblica Si me he vuelto francs es porque ya no poda soportar ser italia- no.

En cuanto piamonts de nacimiento , senta que slo era la caricatura de un galo, pero de ideas ms estrechas. A los piamon- teses cualquier novedad los envara; lo inesperado les aterra; para que llegaran hasta las Dos Sicilias aunque entre los garibaldinos haba poqusimos piamonteses fueron necesarios dos ligures: un exaltado como Garibaldi y un gafe como Mazzini.

Y no hablemos de lo que descubr cuando me mandaron a Palermo cundo fue? Slo ese vanidoso de Dumas ama- ba a esos pueblos, quiz porque lo adulaban ms que los franceses, que, con todas sus lisonjas, no dejaban de considerarlo un mula- to. Gustaba a napolitanos y sicilianos, mestizos tambin ellos, no por error de una madre pelleja sino por historia de generaciones, nacidos de cruces de levantinos desleales, rabes sudorientos y os- trogodos degenerados, que tomaron lo peor de cada uno de sus hbridos antepasados: de los sarracenos, la indolencia; de los sue- vos, la ferocidad; de los griegos, la infructuosidad y el gusto de perderse en charlas con tal de dividir un pelo en cuatro.

Y, por lo dems, es suficiente ver a esos scugnizzi que en Npoles encantan a los extranjeros, sofocndose con espaguetis que se echan al cole- to con los dedos, pringndose de salsa de tomate rancio.

No los he visto, creo, pero lo s.

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