ABADDON EL EXTERMINADOR PDF

In his review, Mr. Raising his eyes, to his horror, he sees a firey dragon spread out across the sky, the monster spewing fire from each of its seven heads. Natalicio faints. In many sections of the book, the narrator simply refers to Sabato as S.

Author:Zulkirn Mikaramar
Country:Angola
Language:English (Spanish)
Genre:Science
Published (Last):1 September 2005
Pages:137
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ISBN:454-2-71525-879-4
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Alguien, felizmente, se acercaba. Un marinero. Al final de esta novela, en un Glosario, se explica el significado de palabras del argot de Buenos Aires. Entraron en una de las casas de departamentos. Acceder a lo absoluto. El universo era tan vasto. Pero no, se rectificaba. Nacho, Agustina, Marcelo. Infinitamente mucho pero infinitamente poco. En mayo de vino hasta mi casa Jacobo Muchnik a arrancarme el verbo no es excesivo el compromiso de los originales.

Nunca lo he sabido. Le estoy hablando de ficciones. Apenas lo supo, M. La escrutaba en los ojos, pero ella se limitaba a contestar de modo dubitativo. Me pusieron el mismo nombre! De donde esas aristas, esas desigualdades, esos contrahechos fragmentos que cualquier lector refinado puede advertir. Su pelo era blanco, pero sus ojos eran infantiles. Se llama Nacho. Paralizar el tiempo en la infancia, pensaba Bruno.

Y las de Bidoglio, Tesorieri o Mutis? Todo era distinto, pero acaso todo era igual en el fondo. Detente, oh tiempo! No permitas que los hombres y sus suciedades los lastimen, los quiebren. Que nunca sepan que en aquel momento marchaba enfermo sobre una mula y no sobre un hermoso caballo blanco, cubierto con un simple poncho, encorvado y caviloso, enfermo.

Permanezca para siempre aquel pueblo de frente al Cabildo, esperando bajo la llovizna la Libertad de los Pueblos. Ya era bastante oscuro y tuve que iluminar con los faros para ver el nombre. Sus comentarios me tranquilizaron, al menos en aquel momento.

Nunca vemos lo suficientemente lejos, eso es todo. Necesitaban a alguien que arreglara una puerta. Poco a poco aquel hombre fue entrando en su mundo. Don Federico Valle! En el mismo lugar donde se guarda el piano que Jorge Federico tocaba cuando chico. Un piano cerrado, desde entonces, arruinado por la humedad. Y encima el retrato que Bob le hizo en Hable, hable! Hable, diga lo que tenga que decir! Golpeaba el teclado, pero los sonidos que arrancaba eran torpes como los que obtiene un chiquito de corta edad.

Puedes y debes hacerlo! Debes hacer el esfuerzo que en nombre de Dios te pido y te ordeno! Con el rostro dirigido hacia el techo y los ojos cerrados mascullaba palabras ininteligibles. Eso es! Dime lo que tengas que decir! Era una de las piezas que en aquel tiempo tocaba Jorge Federico! Toca, toca! Tuvieron que sostenerlo para que no cayera. Como una advertencia? Para siempre? Barrio desconocido de Buenos Aires? Pero acechando desde lejos, y ahora, al parecer, de nuevo en Buenos Aires.

No era el problema de la mirada, de los ojos? Los ojos. Sus cuadros llenos de ojos. La conferencia en la Alianza. La Alianza y Pipina? No, hombre, de Sartre le hablaba. Schneider, pensaba, mirando el piso. Beba lo observaba con perplejidad. La rabia de la Beba era para Sabato el subproducto de su mentalidad cartesiana.

Se peleaba con el Dr. Baudelaire, lo del diablo. Maruja preguntaba algo sobre celenterados de cinco letras. Lo imaginaba dirigiendo desde la oscuridad los hilos de aquella banda. Gustavo Christensen. Todo el mundo lo supo. Se fue con Hedwig. Una especie de tesoro. Una casualidad semejante? No, era 30 necesario descartarlo. Para atemorizarlo? Trataba de recordar las palabras del reencuentro: sobre Fernando Vidal Olmos. Mal de Sartre? No recordaba. Alguien, alguien!

Siempre esos enemigos sin cara. No he hecho otra cosa en mi vida. Ahora dejame tomar tranquilo el whisky, que para eso vine. Estaba furioso con todos y consigo mismo. Me importa mucho ese problema. Una idea. La idea fundamental. Seguramente el resultado de su sentimiento de culpa. Y escribir esa novela, mientras tanto. Bueno, y? Romain Rolland, puede ser? Son dos escritores.

Y no leo a ninguno de los dos. Es casi defenderlo contra una debilidad. Defender al mejor Sartre, quiero decir. Que no es capaz de rigor mental. No es que razone mal, es que se siente culpable. El otro indicio es la fealdad. El cuerpo. El infierno es la mirada de los otros. Mirarnos es petrificarnos, esclavizarnos. Me vas a reducir a esas cuatro palabras todo el pensamiento de Sartre.

Panta rei. Si te agarran los bolches. Puede llegar a tener tremendo alcance existencial. Me parece que se te va la mano.

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Abaddon El Exterminador

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